A veces el aliento quedaba lejos de la boca de la que salía, suspendiéndose en el aire alrededor de nuestras cabezas por un momento sin tiempo. Tratábamos de callar el hambre y el cansancio con el recuerdo de muerte y los rostros de amigos perdidos, pero no parecía hacer efecto alguno, aún sentíamos el ardor de la violencia en los huesos.
El silencio era uno más de nosotros y era el que más fuerte hablaba, el único que en realidad parecía estar allí en ese mar de caras cerradas por la espera.
Nadie parecía dispuesto siquiera a moverse, los músculos se agarrotaban con el peso del cuerpo y el acero,éramos estatuas de piedra fría que respiran en los templos, vivos con pinturas de guerra. Aún así, nadie se atrevía a moverse.
Afuera, afuera se oía música, algunas risas dispersas y el profundo ritmo de pies pateando la tierra, se chocaban como olas contra nuestro refugio. La fiesta sonaba dentro de nuestros pechos, limpiando nuestra ira poco a poco.
Aún, nadie decía nada.
El miedo se tornaba insoportable, imponente como un dios iracundo. Se podía saborear el pavor, el temor que nos daba de beber a tragos largos y profundos.
Y aún, aún nadie decía nada.
Las tablas se tornaban más frías y más frías. La fiesta parecía morir entre la noche y una nube sólida de silencio se hacía más y más espesa, hasta que inundó nuestros pulmones con su mudo perfume.
El miedo tenía el mismo ritmo que nuestra palpitante sangre. Ya no se oía nada sino nuestra respiración temerosa. Nos miramos todos con resignación y reconocimos nuestro destino, irrenunciable.
Lancé una cuerda por la portezuela que salía del suelo de nuestro refugio. A medida que bajábamos, recordaba mi hogar, tan lejos ahora, tan frío y muerto en el recuerdo.
Nadie se atrevía aún a romper el silencio.
Pasábamos entre calles llenas de hombres ebrios y animales destazados. Se parecían tanto a mi, se parecía tanto a mi hogar.
Nos detuvimos frente a una puerta enorme, de madera y oro trabajado que daba entrada a la ciudad. Era esto a lo que vinimos. Para esto soportamos tanto.
Por fin, alguien hizo añicos el silencio. Me tomaron por el hombro, y me aseguraron con una frase fría y casi triste:
"
Ulises, Troya será destruida"
Y abrí la puerta.