viernes, 9 de noviembre de 2007

Reloj roto

Creo que mi reloj estaba malo, se me caían las horas por los agujeros de los bolsillos y los pateaba por el piso. Allá rodaban como metras escapadas los segundos, los momentos, las memorias que creía se llenaban de polillas en algún rincón de mi mente. Creo que pisé un minuto, qué asco.
La habitación se llenaba de tiempo y memoria, los momenticos del pasado que llegaban y se evaporaban como hielo en una sartén se pegaban a las paredes e impregnaban las paredes de olores a café en mañanero y del shampoo que usaba esa chica que me gustaba en la escuela; olía a lilas.
Mi mente comenzaba a ahogarse en las horas, en los ratos pasados comiendo peras y leyendo a Cortázar; en los oscuros momentos de deleite etílico en rincones llenos de música; los segundos de valentía antes de dormir; en los minutos de terror oxidados antes de meterme a la ducha. Mi espíritu se emborracha, el reloj sigue roto, las manecillas daban vueltas al azar, avanzaban y retrocedían, avanzaban y retrocedían; el tiempo se alargaba y aplastaba, se doblaba y hacía figuras con el recuerdo.
Ya nada en realidad importa, el tiempo nos llena y nos abandona, nos toma y nos deja; el tiempo es todo y el tiempo no es nada, con él se lleva la memoria y los momentos, las tardes de silencio en los porches y las horas de viva armonía en las copas de los árboles. El tiempo es todo. Y mi reloj sigue roto.

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