miércoles, 17 de octubre de 2007

Era de noche.
Creo que era de noche. Había un hueco en mi cabeza que trataba de llenar con pensamientos agradables y mucho alcohol. Mucho mucho alcohol.
Me sentía pequeño pero importante, como una taza de café negro a las 6 de la mañana, no recuerdo exactamente por qué; los pensamientos se me caían de la cabeza y rodaban por el piso, eran pateados por la gente bailando en la pista. Recuerdo movimiento, mucho movimiento; recuerdo pequeños terremotos corporales y gotas de sudor vidriosas saltando de los senos voluptuosos de las mujeres.
Seguía siendo de noche.
Recuerdo que estaba oscuro, un pequeño tugurio que olía a cerveza dejada al sol. Era la clase de sitio en el que uno se puede perder, realmente perderse, perderse dentro del cuerpo ajeno en espasmos de voluntad irrefrenables.
Recuerdo que me picaba el deseo, cada celula de mi cuerpo quería estirarse y tocar un cálido cuerpo. Esa chica que estaba en la esquina serviría.
Recuerdo acercarme lentamente, con pasos seguros para no tropezar con mi vergüenza. Pienso en 3 millones de cosas a la vez, cada cosa me decía "cáete, vomita, corre, duerme".
No puedo llegar a donde estaba ella, llega un orangután con cara de leer revistas de moda y fingí ir al baño. Cae, vomita, corre, duerme.
Recuerdo haber ido al baño y sentir un chorro de fuego fluir desde mi estómago hasta mi garganta.
Recuerdo enjuagarme la boca con hielo. Cae, vomita, corre, duerme.
Llegué a casa e hice exactamente eso.
Recuerdo dormir bien esa noche.

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